“De cierto os digo que todo cuanto atéis en la tierra habrá sido atado en el cielo, y todo cuanto desatéis en la tierra habrá sido desatado en el cielo.” Mateo 18:18
Recuerdo qué, cuando el primer local se nos quedó pequeño, oramos por un local grande a un precio pequeño. Encontramos el local actual y oramos a Dios por un milagro en cuanto al precio. Y el milagro sucedió. El dueño del local accedió a dejárnoslo más barato a pesar de que tenía otros clientes que le ofrecían más dinero. Nosotros oramos por un precio y el milagro sucedió.
Sabemos que los contratos son algo serio, y aquí el verbo atar tiene una connotación un tanto legal. Es como hacer un contrato con la voluntad de Dios. Y no importa tanto la fecha en la que firmamos el contrato con el propietario como la fecha en la que tiempo antes firmamos el contrato con Dios.
Nosotros oramos buscando la voluntad de Dios y, al encontrarla, continuamos orando en esa dirección y la oración se cumple. Porque, imagínate esto: cuando estás orando en la voluntad de Dios, es como si estuvieses en una reunión de oración y Dios estuviese a tu lado orando contigo.
Y si Dios está a tu lado orando contigo, ¿se cumplirá la oración? ¡Seguro que sí!
El problema es que a veces seguimos teniendo la imagen de Jesús sentado en la cruz en lugar de tener en nuestra mente la imagen de Jesús sentado en Su trono. Porque el mismo Jesús que vive y reina, es el Jesús que vive en ti.
Otra traducción dice: “Les digo la verdad, todo lo que prohíban en la tierra será prohibido en el cielo, y todo lo que permitan en la tierra será permitido en el cielo”. Y esta forma de expresarlo nos habla de autoridad de una forma más clara. Autoridad dentro de la voluntad de Dios.
Volviendo a la negociación del local, la bajada de precio no fue de golpe, sino paulatina. Nosotros habíamos pactado un precio con Dios y estuvimos negociando con el propietario hasta que llegamos a ese precio sin rendirnos.
A veces nos rendimos a mitad de una negociación y aceptamos cualquier condición, pero, si Dios te ha hablado acerca de unas condiciones ¿por qué rendirte antes? El problema es que a veces nos olvidamos del pacto con Dios. Nos olvidamos del contrato que hemos firmado al atar algo. Y por miedo a perder lo que sea que estemos negociando, cedemos y nos conformamos con lo que sea en lugar de recibir lo que Dios quiere.
Recuerda: Lo atado en la tierra será atado en el cielo, y si Dios lo ha dicho sucederá. Porque has firmado un contrato con Él. No importa si lo ves o no, porque no necesitas verlo, sino creerlo.
Y recuerda también: No lo hacemos nosotros, sino que quien lo hace es Dios. Nosotros solo somos portavoces que estamos encargados de la negociación terrenal, pero Dios es quién hace lo que no vemos. Dios toca los corazones y hace que las cosas sucedan.
Y fíjate en lo que dice el versículo siguiente: “También les digo lo siguiente: si dos de ustedes se ponen de acuerdo aquí en la tierra con respecto a cualquier cosa que pidan, mi Padre que está en el cielo lo hará. Pues donde se reúnen dos o tres en mi nombre, yo estoy allí entre ellos.” Mateo 18:19-20
El verbo atar se usa también como juntar o unir y se utiliza cuando se realizan los votos matrimoniales para explicar que ahora ya no son más dos, sino uno.
Y teniendo en mente esa idea podemos pensar que cuando dos o más nos ponemos de acuerdo en algo con Dios, ya no estamos orando por ideas separadas, sino que ahora somos uno orando por una misma cosa. La fe se multiplica y las cosas suceden.
Las promesas de Dios son sí y amén. Ora la palabra de Dios. Aprópiate de Sus promesas. Átalas en tu mente y en tu corazón.
“Por lo tanto, comprométete de todo corazón a cumplir estas palabras que te doy. Átalas a tus manos y llévalas sobre la frente para recordarlas”. Deuteronomio 11:18
Ata tu oración con alguien, pero legalízala con Dios.
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