“El amo dijo: “Bien hecho, mi buen siervo fiel. Has sido fiel en administrar esta pequeña cantidad, así que ahora te daré muchas más responsabilidades. ¡Ven a celebrar conmigo!”.” Marcos 25:23
Somos administradores de todo lo que Dios nos da, ya sea mucho o poco. En la iglesia trabajamos con un presupuesto muy ajustado, pero lo hacemos con fidelidad y el Señor nos bendice.
Ahora, ¿cómo llevamos la administración de nuestra casa?
Piensa por un momento: Imagina que tu vecino necesita un coche para ir al trabajo y tu tienes dos. Cuando te enteras de su necesidad le dices que orarás por el problema, pero no le ofreces tu coche. Es muy probable que no necesites orar por el problema porque la respuesta a la oración eres tú. ¿Te lo habrías planteado? Eso también es administración fiel.
“Supónganse que ven a un hermano o una hermana que no tiene qué comer ni con qué vestirse y uno de ustedes le dice: «Adiós, que tengas un buen día; abrígate mucho y aliméntate bien», pero no le da ni alimento ni ropa. ¿Para qué le sirve?” Santiago 2:14-15
No necesitamos orar por ello; necesitamos actuar. Eso también es administración fiel.
Y no digo que no oremos. Jamás diría eso. La oración nos une a Dios; hace que nos comuniquemos con Él, que nos conozcamos más y que cada vez reconozcamos mejor Su voz. Pero a la vez, la oración puede eternizar un problema. Suponte que estás orando por un familiar al que le has hecho daño y van pasando días y días sin que llegue una solución. ¡No ores! ¡Ve, pídele perdón y acaba con eso!
A veces oramos, leemos la Biblia, leemos las meditaciones, recibimos de parte de Dios la solución a nuestro problema, pero seguimos orando como buscando otra solución. ¡Deja de buscar y actúa!
¿Podéis imaginar lo que sucedería si todos hiciésemos, si todos pusiésemos por obra lo que aprendemos cuando leemos la Biblia?
Pues sucedería que, por ejemplo, el Señor vendría a por Su iglesia porque el evangelio ya habría sido predicado a todas las personas. “Id y haced discípulos”.
Y el que no suceda es la prueba de que leemos, aprendemos, pero no hacemos.
El cristianismo no consiste en aprendernos la Biblia de memoria y comprenderlo todo. El cristianismo es más parecido al ir poniendo todo por obra a medida que lo vamos aprendiendo.
Si aprendemos, pero no ponemos por obra, de nada nos sirve el aprendizaje.
Ya hablamos hace tiempo de la ORACCIÓN; oración + acción.
Ayer hablamos del ayuno y la oración y hoy de la oracción. ¿Qué tal va nuestra vida de oración? ¿Cómo llevamos lo recibido a la acción? ¿Somos conscientes de que las obras no salvan, pero muestran al mundo que uno ha sido salvado?
Imagina que tienes una conversación con tu jefe. Él te da unas indicaciones, tú las anotas, pero no las haces. ¿Servirán de algo las indicaciones? ¿estarás obedeciendo a tú jefe? ¿estarás siendo un buen administrador de la confianza que tu jefe ha depositado en ti?
Debemos de orar por todo. Es un mandato de Dios y una necesidad nuestra. Debemos de vivir conectados a nuestro Creador y Salvador. Pero la oración no se puede limitar a una conversación como el que habla con su jefe y ahí acaba todo. La conversación con Dios nos debe de llevar a poner por obra Sus instrucciones. ¿Oramos con esa intención o lo hacemos pensando solo en nosotros mismos?
Ahora, antes de salir a la calle, vamos a tener nuestro tiempo con Dios. Preguntémosle qué quiere que hagamos, como podemos serle útiles, como podemos ser buenos administradores de lo que Él ha puesto en nuestras manos… y después, pongámoslo por obra.
Que el Señor nos ayude en nuestra debilidad para que podamos cumplir todas y cada una de Sus instrucciones.
¡Oremos!
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