“Una vez, mientras comía [Jesús] con ellos, les ordenó: «No se vayan de Jerusalén hasta que el Padre les envíe el regalo que les prometió, tal como les dije antes. Juan bautizaba con agua, pero en unos cuantos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo».” Hechos 1:4-5
Jesús sabía que sin el Espíritu Santo los discípulos estarían tan perdidos como un explorador en el desierto sin su brújula. Y por eso les dijo: “No os mováis de aquí hasta recibir el regalo”.
Tristemente, nosotros tenemos el regalo, pero no seguimos demasiado Sus indicaciones.
Os pongo un ejemplo bien fácil de entender. Imagínate que Dios te guía a comprar una casa. Normalmente, Dios nunca da instrucciones incompletas. Y lo normal es que, si te ha mostrado una casa para comprar, también te muestre el importe que debes ofrecer. Pero imagina ahora que el vendedor te dice que no, que quiere mucho más dinero. Y tú, como quieres la casa, te olvidas del límite de precio que te había puesto Dios y aceptas el aumento que te ha dado el vendedor con tal de conseguir la casa.
¿Es correcta esa forma de actuar? Desde luego que no. No es correcta, pero es muy común.
¿Cómo deberíamos actuar? Si Dios te ha mostrado la casa y el precio, y el vendedor te da un precio mayor, sencillamente ora y espera a que lo baje…, porque lo bajará. ¡Dios no se equivoca nunca!
Y la casa no importa tanto como Dios. Por una casa no podemos apartarnos de Su guía. Si Dios lo ha dicho, se cumplirá.
Es lo mismo que sucede cuando Dios da una visión; que también da la provisión. Si la provisión no llega, debemos plantearnos si la visión era de Dios o nuestra. A veces confundimos nuestros deseos con la voluntad de Dios.
De ahí que debamos de mejorar nuestra relación con Dios cada día, para poco a poco conocerle más y a la vez reconocerle en medio de tantas voces que escuchamos cada día.
A medida que pasan los años la salud va mermando. Tenemos verdaderos bajones. Pero cuando nos recuperamos, por un lado, lo valoramos más, pero a la vez ya no lo damos por seguro. Es algo raro.
Como raro es el que los golpes de la vida acerquen a unos a Dios, pero a otros les alejen. Como todos sabéis, hoy es el 25 aniversario de la masacre de las Torres Gemelas en New York. Este atentado tremendo hizo que muchas personas se enfadasen con Dios, pero también hizo que otras muchas se acercasen a Él.
La verdad es que somos muy complicados y Dios tiene una paciencia infinita con nosotros… y como dice Su Palabra, es por Su misericordia que no hemos sido consumidos.
Pero volviendo a la compra de la casa, muchos de los errores que cometemos es porque no nos gusta esperar. Compramos la comida rápida desde el coche porque se tarda menos que haciendo cola dentro del restaurante.
Y orar supone esperar; que es algo que no nos gusta. Nos olvidamos de que el regalo que Dios nos ha dado, Su Espíritu Santo, es un regalo que no solo nos sella, sino que nos guía y nos muestra el camino para que no nos equivoquemos.
Pero como tenemos prisa y no nos gusta esperar, no esperamos la respuesta de Dios, nos adelantamos y nos equivocamos. Actuamos como si nosotros fuésemos Dios en lugar de actuar como siervos. Actuamos como si fuésemos el Padre en lugar de comportarnos como hijos.
El esperar la respuesta a la oración sin adelantarnos nos santifica. El esperar la respuesta a la oración nos hace crecer en paciencia. Y el esperar la respuesta a la oración no retrasa la respuesta, por lo que el esperar la respuesta a la oración glorifica al Señor.
Y no solo el esperar la respuesta, sino sencillamente el orar glorifica Dios. Recuerda que Jesús era el último que se acostaba orando, y el primero que se levantaba a orar… y Jesús siempre honraba al Padre.
¿Cómo está tu vida de oración? ¿Te acuestas orando y te levantas orando? ¿Oras sin cesar? ¿Te cuesta esperar la respuesta? ¿Obedeces las indicaciones de Dios o priorizas tu propia opinión? ¿Honras al Padre?
Hay algo de lo que no tengo la menor duda: Si en este mundo tan ocupado dedicas un buen tiempo a orar por la mañana, ese tiempo “aparentemente perdido” es un “tiempo ganado”, porque tras dedicar las primicias del día a Dios, el Señor se dedica a estirar las restantes horas del día para que hagamos todo lo que tenemos que hacer dentro de Su voluntad.
¿Necesitas más horas? Pues empieza el día orando.
¡Oremos!
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