MEDITACIÓN 07092026 – Canal Esperanza de Vida

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“Fue por la fe que Abraham obedeció cuando Dios lo llamó para que dejara su tierra y fuera a otra que él le daría por herencia. Se fue sin saber adónde iba.” Hebreos 11:8

En estos últimos domingos hemos estado hablando de diferentes historias sucedidas durante la conquista de la tierra prometida, pero fue a Abraham, muchísimos años antes, a quién se la prometió Dios.

Y el pueblo de Israel la heredó gracias a la fe de Abraham. Porque sin fe no habría obedecido a Dios, no habría salido de su casa y menos sin saber adónde iba.

¿Saldrías tú de tu casa, dejándolo todo, sin saber adónde vas? SI Dios te dice: ¡Déjalo todo y vete… y ya te mostraré el camino! … ¿Obedecerías?

Hay otro ejemplo parecido, pero en el Nuevo Testamento.

“En cuanto a Felipe, un ángel del Señor le dijo: «Ve al sur por el camino del desierto que va de Jerusalén a Gaza».” Hechos 8:26

Todos conocemos la historia y sabemos que se encontró con el tesorero etíope, que se convirtió y se bautizó, pero pensemos en las instrucciones que recibió Felipe: «Ve al sur por el camino del desierto que va de Jerusalén a Gaza».

El Señor le manda a cierto camino desierto; pero Felipe estaba en medio de una campaña evangelística multitudinaria. ¿Qué habríamos hecho nosotros? ¿Dejamos a cientos o miles de personas para ir a un camino desierto? Porque Felipe no sabía ni que se iba a encontrar con uno solo. Él iba, obedeciendo a Dios, hasta un camino desierto que iba desde Jerusalén hasta la tierra de los filisteos.

Abraham dejaba a su tierra y a su parentela para ir a un lugar que el Señor aún no le había mostrado. Y Felipe dejó a multitudes que estaban escuchando su predicación para ir a un camino desierto.

¿Verdad que las instrucciones del Señor pueden llegar a ser muy raras?

En ocasiones le he dicho a alguien que no estaba seguro de lo que debía hacer, que se sentase y esperase a estar seguro. Pero, normalmente, ese consejo no se acepta… y cuando no se acepta se suele meter la pata.

Porque cuando el Señor nos habla, no podemos dudar. Pero si dudamos, sentémonos a esperar que la duda desaparezca, porque el Señor no se mueve entre la duda.

Otra cosa es que no conozcamos la consecuencia de nuestra obediencia. Pensemos en Abraham y Felipe: ¿Ellos conocían lo que iba a suceder? Desde luego que no. Abraham no sabía que su paso de fe iba a hacer que los Israelitas, muchos años después heredaran la tierra prometida, y Felipe no sabía que, gracias a su obediencia, el evangelio iba a ser predicado en Etiopía.

Sin embargo, hay algo que los dos tenían en común: Los dos creyeron a Dios y no dudaron cuando le dijo a uno “déjalo todo y sal”, o cuando le dijo al otro “deja las multitudes y ve al camino desierto”.

Ninguno de los dos dudó, los dos fueron y los dos dieron fruto.

La duda no es de Dios. Si dudas, no pasa nada, siéntate y espera a estar seguro. Si no es de Dios, desaparecerá la idea de tu cabeza, pero si es de Dios, el Señor te la confirmará para que no tengas dudas, igual que siguió llamando a Samuel hasta que entendió que era Él. Por más dudas que tuviera Samuel, el Señor no dejó de llamarle, hasta que las dudas desaparecieron.

Si hay dudas, no te muevas, pero si no hay dudas, no busques excusas y obedece de inmediato. El Señor nos habla para que nos movamos, y no para que acumulemos conversaciones.

¿Sabéis cual suele ser la excusa principal? Suele ser el no conocer el destino. Si Dios te dice “déjalo todo y vete a las Bahamas”, ahí no hay duda alguna. ¡Se deja lo que haga falta!… Pero si dice: “déjalo todo, sal y ya te mostraré más adelante”, entonces es cuando empezamos con las excusas.

¿Creemos que Dios se puede equivocar en alguna decisión que tome? ¿Verdad que no? Pues entonces, por raro que sea lo que nos diga, obedezcámosle, porque Él es el Señor de nuestra vida y lo que nos diga, por raro que sea, siempre va a ser lo mejor para nosotros.

Recuerda: Lo mejor siempre está en la obediencia, y no en la desobediencia.

¡Oremos!

 

 

 


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