“Oh SEÑOR, ponte en contra de los que se me oponen; pelea contra los que luchan contra mí. Ponte tu armadura y toma tu escudo; prepárate para la batalla y ven en mi ayuda. Levanta tu lanza y tu jabalina contra los que me persiguen. Quiero oírte decir: «¡Yo te daré la victoria!». Avergüenza y causa deshonra a los que tratan de matarme; hazlos retroceder y humilla a los que quieren hacerme daño. Sopla y espárcelos como paja en el viento, un viento mandado por el ángel del SEÑOR. Haz que su camino sea oscuro y resbaladizo, y que el ángel del SEÑOR los persiga. Yo no les hice ningún mal, pero ellos me tendieron una trampa; no les hice ningún mal, pero cavaron una fosa para atraparme. Por eso, ¡qué la ruina les llegue de repente! ¡Qué queden atrapados en la trampa que me tendieron! Que se destruyan en la fosa que cavaron para mí.
Entonces me alegraré en el SEÑOR; estaré feliz porque él me rescata. Con cada hueso de mi cuerpo lo alabaré: «SEÑOR, ¿quién se compara contigo? ¿Quién otro rescata a los indefensos de las manos de los fuertes? ¿Quién otro protege a los indefensos y a los pobres de quienes les roban?».
Testigos maliciosos testifican en mi contra y me acusan de crímenes que desconozco por completo. Me pagan mal por bien y estoy enfermo de desesperación. Sin embargo, cuando ellos se enfermaban, yo me entristecía; me afligía a mí mismo ayunando por ellos, pero mis oraciones no tenían respuesta. Estaba triste como si fueran mis amigos o mi familia, como si me lamentara por mi propia madre. Pero ahora que yo estoy en dificultades, ellos se ponen contentos; con aires de triunfo se unen en mi contra. Me ataca gente que ni siquiera conozco; me calumnia sin cesar. Se burla de mí y me insulta; me gruñe.
¿Hasta cuándo, oh Señor, te quedarás observando sin actuar? Rescátame de sus ataques feroces. ¡Protege mi vida de estos leones! Después te daré gracias frente a la gran asamblea; te alabaré delante de todo el pueblo. No permitas que mis enemigos traicioneros se regodeen en mi derrota; no permitas que los que me odian sin motivo se deleiten en mi tristeza. No hablan de paz; conspiran contra personas inocentes que no se meten con nadie. Gritan: «¡Ajá! ¡Con nuestros ojos lo vimos hacerlo!».
Oh SEÑOR, tú sabes de todo esto; no te quedes callado. No me abandones ahora, oh Señor. ¡Despierta! ¡Levántate en mi defensa! Toma mi caso, Dios mío y Señor mío. Declárame inocente, oh SEÑOR mi Dios, porque tú haces justicia; no permitas que mis enemigos se rían de mí en mis dificultades. No les permitas decir: «¡Miren, conseguimos lo que queríamos! ¡Ahora lo comeremos vivo!».
Que sean humillados y avergonzados los que se alegran de mis dificultades; que sean cubiertos de vergüenza y de deshonra los que triunfan sobre mí. Pero dales mucha alegría a los que vinieron a defenderme; que todo el tiempo digan: «¡Grande es el SEÑOR, quien se deleita en bendecir a su siervo con paz!». Entonces proclamaré tu justicia y te alabaré todo el día.” Salmo 35:1-28
Ayer hablamos en la iglesia de los muros de Jericó y recordamos que, a pesar de estar el enemigo asustado, los muros es lo que separaba a los israelitas de la victoria. Y hablamos también de la necesidad que tenemos cada uno de nosotros de identificar nuestros propios muros.
¿Has podido identificar tus muros? ¿Has dedicado tiempo a hacerlo? Porque necesitamos identificarlos para saber contra qué luchamos.
En el salmo de la lectura de hoy vemos a un David que se siente acusado y perseguido. David sabe a quién acudir y por eso pide la intervención de Dios ante su “muro”, y describe su problema como si estuviera en una batalla.
Por eso le pide a Dios que se equipe, como si fuera un compañero de batallón, y que luche a su lado.
Y del mismo modo que yo os digo que debemos de identificar el “muro” particular de cada uno, David le pide a Dios que le hable a su alma para obtener dirección.
Y notemos que, aunque aún está clamando, ya está dando gracias por la salvación, dando la batalla por ganada.
¿Oramos así nosotros? ¿Damos gracias por la respuesta a la oración antes de que llegue?
Y fijaros que da la impresión de que la respuesta está tardando en llegar y por eso David le dice a Dios: “¿Hasta cuando aguantarás mirando sin hacer nada?”… Pero esa tardanza en responder Dios, no evita que David le dé gracias por la respuesta que aún no ha llegado.
Y es que las preguntas a Dios durante nuestras conversaciones con Él son mejor que el silencio o la incredulidad.
Mirar, ayer hablamos en la iglesia de batallas, y es que a Dios le encanta que peleemos juntos. Le encanta que peleemos por Él, pero le gusta aún más que confiemos en Él y le permitamos pelear por nosotros.
Cuando nos arrodillamos ante Él, el Señor nos cubre y pelea nuestras batallas por nosotros. De modo que, por un lado, seguimos peleando la buena batalla, pero por otro le permitimos a Dios que pelee por nosotros.
Pero para que Dios pueda hacerlo necesitamos soltar las cosas y dejarlas a los pies de Dios para que Él pueda luchar por nosotros. Si no soltamos el problema no obtendremos la victoria.
Debemos abrir las manos y soltar nuestros “muros” para que sea Dios quien los tome y se entienda con ellos. Pero no olvidemos que el Espíritu Santo intercede por nosotros incluso mientras dormimos. Cuando nos despertamos y nos levantamos a orar, nos encontramos con que el Espíritu Santo no ha dejado de hacerlo y el Hijo de Dios también lo está haciendo.
¿Recordáis que ayer hablamos de que Jericó tenía una muralla doble para proteger la ciudad? Pues nosotros también tenemos un doble círculo de protección formado uno por el Hijo y el otro por el Espíritu Santo.
Y no sé cómo estás en esta mañana; pero yo no estoy demasiado bien y sin embargo, eso no me impide tener mi meditación con Dios y mi tiempo de conversación con Él… Nada debe impedir nuestro encuentro matutino con el Señor. Sin ese encuentro, nada funciona igual. De modo que oremos ahora al Padre, en el nombre del Hijo y guiados por el Espíritu Santo, para que nos muestre cuales son esos “muros” que nos separan de la victoria y que nos enseñe las estrategias necesarias para alcanzar el éxito en nuestra misión.
Dile así al Señor, pero con tus propias palabras: “Padre, necesito que pelees por mi como peleaste por David, según cuenta el texto que hemos leído. Te ruego que me muestres esos “muros” que hay en mi vida y que me separan de la victoria. Necesito conocerlos, así como las estrategias para derribarlos. No quiero bordear el problema, sino afrontarlo. Dame fuerzas para hacerlo y guíame a través de tu Espíritu Santo para no volver a caer en lo mismo. Te lo ruego en el nombre de Cristo Jesús, amén.”
¡Oremos!
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